2 de noviembre de 2017

Estos muchachos eran lo mejor de Argentina

Un homenaje al talento especial argentino para las amistades de por vida, a raíz del ataque terrorista de Nueva York.
by Bryan Winter.


Era prácticamente un chico (tenía 22 años), cuando me mudé a Argentina en el 2000, con la loca idea de trabajar de periodista. Pero oh, sorpresa, el Buenos Aires Herald no tenía apuro por contratar a un tejano sin experiencia, y la economía parecía estar en problemas. Solo conocía a dos argentinos, encantadores pero mayores, con hijos y vidas propias. Así que pasé días sofocantes deambulando por las calles y tomando el 60 (atravesaba toda la ciudad desde Constitución hasta Tigre por menos de un dólar disfrutando una agradable brisa) mientras devoraba empanadas, ñoquis y sándwiches de jamón con un presupuesto de 70 pesos (que en ese entonces era de 70 dólares por semana).

Los fines de semana eran lo más desolador de todo. Leía a Borges, Arlt y Mafalda. Pispeaba el Weather Channel en español y me aprendí de memoria la letra de una canción de Rodrigo. Finalmente, después de ver la asunción del presidente uruguayo Julio María Sanguinetti en la televisión de principio a fin, decidí que necesitaba una vida, o bien volverme a casa.

Dos cosas terminaron por salvarme. La primera –aunque un cliché total– fueron las clases de tango, que se convirtieron en un lindo pasatiempo y, años después, en un libro. La segunda, mucho más importante, fue un grupo de una docena de muchachos argentinos de Temperley, un antiguo suburbio ferroviario de Buenos Aires, a quiénes llegué a través de un amigo común en mi país. Se conocían desde la escuela secundaria; pasaban los fines de semana jugando al tenis, haciendo asados y yendo a clubes nocturnos temáticos de los 80 hasta las cinco de la mañana; se ponían apodos ridículos como Billetera, Lobizón y Boti. Me aceptaron, por razones que todavía no entiendo del todo, y me bautizaron "Caruso" en honor a un niño actor argentino de esa época, el único otro "Brian" que conocían.
Tenía mi propia tribu en casa, pero rápidamente descubrí que el talento argentino para mantener amistades grupales de por vida era única en su clase. Estos muchachos hacían todo juntos. 

Arrastraban cargadas en común desde hacía una década; uno de ellos siempre se casaba “la próxima primavera" y cosas del tipo en una jerga indescifrable. También se abrían acerca de sus intimidades, a veces de una manera sorprendente: problemas de novia, pérdidas de trabajo y disputas familiares eran diseccionados con humor y una compasión sutil. Vacacionaban juntos: Villa Gesell, Bariloche, los glaciares. Los acompañé varias veces, impresionado por la fuerza de sus vínculos, convencido -correctamente, como resultó– de que este grupo permanecería unido a lo largo de los años, incluso después de que el matrimonio, los hijos y las carreras los hicieran echar raíces.

Pensé en esos muchachos anoche, tras el terrible ataque terrorista en la ciudad de Nueva York, donde ahora resido. Entre las ocho víctimas mortales se encontraban cinco argentinos, amigos de la escuela secundaria en un viaje grupal para celebrar el 30 aniversario de su graduación, exactamente el tipo de cosas que mi grupo de Temperley hubiera hecho. 

Cuando vi la foto de ellos reunidos en el aeropuerto de Buenos Aires, con camisetas que decían "LIBRE", comprendí al instante qué significaba este viaje para ellos. Claro, serían "libres" durante un fin de semana de las presiones de la mediana edad, el trabajo y la familia, pero creo que eso era secundario. Por sobre todas las cosas ésta era una oportunidad para reforzar esos lazos, para reanudar las cargadas de hacía tres décadas y reír juntos hasta las cinco de la mañana.

Según reportes de la prensa argentina, Ariel Erlij, de 48 años, tenía una exitosa carrera como ejecutivo del acero en Rosario, donde el grupo de amigos había estudiado. Ayudó a pagar los pasajes de sus amigos, que no es poca cosa en un país que acaba de salir de una desagradable recesión. Aterrizaron en Nueva York, luego hicieron un rápido viaje a Boston, donde ahora vive otro miembro del grupo. Al regresar a la Gran Manzana ayer, decidieron ir en bicicleta por el Bajo Manhattan. Erlij y otros cuatro –Hernán Diego Mendoza, Diego Enrique Angelini, Alejandro Damián Pagnucco y Hernán Ferruchi– perdieron la vida. Una de las esposas de los sobrevivientes le dijo a La Nación: "Llevaban tanto tiempo esperando por este viaje. No puedo creer que haya terminado de esta manera”.

He vivido en otros países de América Latina en los últimos años, y los vínculos sociales también son estrechos. Pero insisto: hay algo especial en Argentina. Mucho ha ido mal a lo largo de los años: la brutal dictadura de los años setenta, la hiperinflación de los ochenta y la devastadora crisis económica de 2001-2002, que experimenté de primera mano (y que eventualmente cubrí en mi primer trabajo de periodístico). 

¿Por qué no han abandonado todos el país? Bueno, muchos lo hicieron. Pero los argentinos que permanecieron te dirán casi universalmente que fue por esos vínculos. Familia, sí, pero también su grupo de la escuela secundaria o la universidad. El talento nacional para la camaradería de por vida es seguramente lo mejor de Argentina. Verlo ahora en el epicentro de una tragedia internacional, en la ciudad donde vivo, me da mucha tristeza. Me rompe el corazón.

23 de octubre de 2017

Contemplativo...

"El contemplativo no es un tipo especial de persona,


 sino que cada persona es, o debiera ser, un tipo especial de contemplativo". 
Tessa Bielecki.

EL TRABAJO ESPIRITUAL SE HACE EN SOLEDAD

by MARIE-MADELEINE DAVY
Antes que nada yo plantearía la siguiente pregunta: ¿la soledad es elegida, o uno es elegido por ella?
Es evidente que durante la existencia, los acontecimientos pueden hacer de nosotros unos solitarios. En la medida en la que se trata de una soledad profunda, de la búsqueda del fondo, de lo esencial, creo que se es elegido por la soledad.
DECIR SÍ A UNA PRESENCIA 
Según San Bernardo: "El hombre es elegido". ¿Elegido por quién? ¿por qué? Yo diría por lo Eterno o también, por su vocación propia, su destino.
San Bernardo dirá: "El ser es tomado". El toma aquí un texto bíblico según el cual el hombre es "visto" desde el seno de su madre, amado en el seno de su madre. Es elegido a la vez que tiene la libertad de decir "no".
Se puede evocar un texto de Bernardo, concerniente a la Madre Divina. El ángel Gabriel se presenta y le anuncia que va a ser madre. Ella duda. Ella no conoce a nadie. Y la naturaleza entera, las hojas de los arboles, la hierba, las piedras claman: "Di sí, di sí, di sí".
Cuando un ser seducido por lo Eterno, es llamado hacia su fondo, todo se tambalea. Este fondo, no puede ser nombrado, no puede ser conocido, no se le ha oído hablar nunca: ni siquiera se tiene una experiencia de ello.
¿Cómo decir sí?. Y si se dice "si", es un "si" que va a ser repetido, no todos los días, sino a cada instante. Porque el misterio de la soledad, tremendo divino y al mismo tiempo difícil de vivir, consiste en orientarse hacia la plenitud de un "sí". ¿Sí a qué? A una Presencia. Podría también decir un "si" a algo que ignoro. A algo que nace en mi, crece en mi, se despliega en mi... y que yo no puedo nombrar.

En la soledad el hombre comprende que es un microcosmos, y que lleva al macrocosmos en si mismo

El riesgo de la soledad absoluta: el eventual encuentro con la locura. Quizás se tiene miedo de la soledad porque se tiene miedo de volverse loco. ¿Por qué loco? Porque las cosas se disipan. De repente la mirada ve, el oído escucha.
Un cartujo del siglo XII lo expresa, y yo comento su texto: "cuando me retiro, cuando estoy en soledad, cierro los ojos, no hay nadie alrededor mío, ningún ruido, ningún sonido. Escucho el murmullo del silencio. Y ese silencio es atravesado por gritos, por vociferaciones; son los animales que tengo en mí." En la soledad me veo. En la soledad me encuentro, me conozco.
La soledad es un espejo: Y ¿quién soporta el tener un espejo ante el rostro? Se dice a menudo y se repite que el conocimiento de sí es el más difícil de los conocimientos; la ciencia de las ciencias, el conocimiento de los conocimientos. Si uno está muy sobrecargado, si uno ve muchos rostros, si uno se mantiene en una conversación perpetua, un parloteo exterior o interior, uno no se ve. Se ve a los demás, los rostros las mímicas, pero uno no se ve. La soledad es un espejo. Un espejo excelente, un espejo que retiene todo.
Entonces uno se ve, y se siente horror. ¡Horror de sí! ¿Por qué? Porque uno ve su pobreza, su miseria, cuando lo que habría que ver sería la belleza propia. Convendría ver la grandeza. ¿Por qué una grandeza? ¿Por qué el esplendor? Porque el ser es portador de luz.
El hombre, hasta el ser humano más lastimoso, lleva en sí la imagen divina, la chispa divina. Es un recipiente de luz, de belleza. En la soledad, el hombre su coge su acuerdo con el cosmos. Comprende que él es un microcosmos, que él lleva al macrocosmos en sí. Él es Tierra, él es Aire, Agua, Fuego. Contiene las plantas, el árbol, la flor, los animales, el pájaro y la serpiente. Es un ser humano. Él puede llegar a ser un ser humano completo.
El solitario no tiene nada que acumular; él se libera de estorbos
En la soledad, la dificultad consiste en comprender que lo esencial no es actuar, sino ser. Si nos encontramos a alguien y le preguntamos ¿Qué haces? él responderá precisando lo que hace; tal oficio, tal profesión.... ahora bien, la soledad enseña esto: lo importante es ser, es decir existir llegando a ser auténtico.
El punto es el símbolo de todo esto. El punto es el cruce. El solitario no tiene nada que adquirir, solo tiene que despojarse.

EN LA SOLEDAD ESTAMOS RELIGADOS
En la soledad se va a escuchar, a percibir el susurro del silencio. El silencio tiene una voz. El silencio habla. El silencio enseña. Nos dice algo. Acuérdense de San Bernardo de Claraval. Él está en su celda, las ventanas y las puertas están cerradas. De repente, siente la llegada de una presencia. Él quisiera ver, y no ve nada. Quisiera oír; todo está mudo. Le gustaría palpar con las manos, pero nada puede tocar. Bernardo experimenta en sí mismo algo inusitado. El grano de mostaza del que habla la Biblia, el grano de arroz, la presencia, misteriosa e innombrable, se mueve, como si hubiera una brisa. En el Génesis, el Eterno está en la brisa. Después súbitamente, la presencia desaparece de allí. En la soledad, en los momentos en los que uno se acerca al fondo, estamos religados. ¿Religados a qué? ¿a quién?. Religados al Eterno, religados a algo innombrable. No se puede decir nada, absolutamente nada.
En la soledad mis raíces ya no están pegadas en aquello que es transitorio. Las raíces que se sumergen para hacer subir la savia, no pertenecen ya más al mundo visible. Es el mundo invisible el que nutre; el mundo invisible que no cesa de aligerarnos del peso de las pruebas que nos pone la existencia.

SI AMO, EN LA SOLEDAD SOY COMO UN SOL
En algunos momentos, la soledad parece comparable a una sombra, una niebla, algo denso. No se ve a unos pocos metros por delante y uno parece enloquecer. ¿Por qué? Porque el solitario deja, como dice Chestov, la consciencia común. La omnitud le abandona. 
Si por ejemplo estamos sentados en un café, y escuchamos las conversaciones ¿De qué hablan? De la ropa, del dinero, de fulanito o menganita... Ustedes me dirán: "no se va a un café para hablar de cosas profundas". Quizás, pero ¿qué es lo que interesa a la mayoría de las personas?
Después de haber entrado en el jardín del conocimiento de sí, el solitario entra en la bodega del vino. La bodega del vino significa el amor al otro. Un amor extraordinario, un amor que es difícil ya que no sabemos amar. El solitario va a comprender que lo importante no es ser amado sino amar. Y amar gratuitamente.
Se ven a veces personas depresivas y les solemos decir: "¿Pero por qué estás tan hundido?". Ellas responden: "nadie me quiere, mi pareja no me quiere, mis hijos no me quieren etc...". El secreto que enseña la soledad, la revelación de la soledad, es la escucha de la fuente, y la fuente me dice: "lo esencial no es ser amado, sino amar". Y si yo amo, en mi soledad, me convierto en un Sol.
De una mujer que se encontrara sola en un pueblecito; que no tuviera nadie a quien querer, ni siquiera un gato o un perro, sus hijos estuvieran lejos –o quizás no los tuviera-, su pareja hubiera muerto o la hubiera abandonado. Diríamos: "esta mujer mayor, esta solitaria que no es amada por nadie, ya no cuenta para nada; es algo inútil. Sin embargo, ella está ahí, viva en su dimensión de profundidad, en su realidad; ella está presente a todos los seres humanos.

EL SOLITARIO ES COMPARABLE A UN TERRENO, IRRIGADO POR UN RIO DE FUEGO QUE NO VIENE DE ÉL
No sé si ustedes se habrán tropezado alguna vez con solitarios. Eso me ha ocurrido a mí dos o tres veces. Hay en su mirada una llama. El solitario es comparable a un terreno, irrigado por un río de fuego que no viene de él. Si se le dice: ¿pero cómo puedes vivir tu soledad, como mantienes tu libertad a pesar del hecho de ser o de no ser amado? Él respondería: "en la dimensión divina, he llegado a ser por la gracia, semejante a una tierra irrigada y luminosa".
¿Cuál es el símbolo del desierto, y por qué el desierto interiorizado nos sumerge en la soledad? El desierto es una tierra estéril, una tierra inhabitada. El desierto designa una tierra en la que se tiene sed. Hay muy pocos pozos. Entonces tenemos sed, pero ¿es que el dinero nos colma? ¿la comodidad y el desahogo humanos nos colman? ¿es que nuestra profesión, incluso si tenemos éxito en ella, nos colma? No, tenemos sed. ¿Pero sed de qué? El solitario va a comprender que tiene sed de eternidad. Tiene sed de algo que no desaparezca, de algo que no pueda morir.
Porque en el fondo, sufrimos por la muerte. La muerte de los que amamos, nuestra propia muerte, pueden despertar nuestro temor. ¿Cómo morimos? El solitario desgarra el velo. El solitario súbitamente comprende algo. Las palabras se mueven, las palabras revelan su sentido secreto.
El desierto interior es alcanzado cuando el hombre comprende que todo debe de interiorizarse. El oído se interioriza, la mirada se interioriza. Y la soledad aviva, despliega el sentido de lo interior. El oído, en el desierto interiorizado, va a captar el murmullo de las fuentes.
Nos encontramos con alguien; nos habla de cosas banales; de repente pronuncia una frase y nos quedamos atónitos. Algo ocurre, su rostro cambia. Me acuerdo de haberme encontrado con una mujer que vivía solitaria. Era extremadamente banal, pero de repente, tuve la impresión de que la experiencia de su dimensión profunda, la experiencia de su fondo, resplandecía en su rostro. Era una mujer que quizás tendría sesenta años y, de repente parecían veinte. Ella no tenía edad, se situaba fuera del tiempo, fuera del espacio.
Todos hemos visto miradas de luz, fugitivas pero luminosas. De vez en cuando, en el rostro, algo aparece, algo se muestra. Si nos asemejamos a una tierra vacía, a un desierto, si aceptamos una verdadera indigencia, entonces la luz llega.

NUNCA TENEMOS QUE ABANDONAR LAS FORMAS, SINO ACEPTAR QUE ELLAS NOS ABANDONEN
Una vez más, en la soledad, no hay nada que adquirir, solamente despojarse. Eckhart, en un poema que se le atribuye –aunque quizás no sea de él- dice: "¡Oh alma mía, sal! ¡Dios mío, entra!".
El último escollo de la soledad y del desierto interiorizado, puede parecer cruel. Estamos atados a las formas: podemos estar estrechamente ligados a nuestra raza, nuestra patria, nuestra familia, a una tradición, una religión precisa. 
En la soledad, es posible que seamos abandonados por las formas. Nunca tenemos que abandonar las formas, sino que tenemos que aceptar que ellas nos abandonen.
Si yo abandono una forma religiosa por ejemplo a causa de la perversidad de mi existencia, es un error. Si abandono una forma religiosa porque me desencanta parcialmente –por su liturgia por ejemplo- es un error. En la soledad hay una armonía. En la soledad comprendemos que las formas pertenecen al tiempo, que esas formas están en nosotros, y que es importante integrarlas. En la soledad o en el desierto interiorizado, el hombre va a morir, va a morir necesariamente. Morir a lo transitorio, morir al tiempo, morir al espacio. Se va a volver un hombre universal, rigurosamente universal.

EN LA SOLEDAD TENDRE LA CLAVE DE SABER QUE YA SOMOS SERES UNIVERSALES
Yo no oigo el silencio, no percibo mi fuente. ¿Por qué? Porque estoy en el parloteo exterior. Estoy en la danza de las palabras. Estoy en el canto de una expresión. Estoy en el parecer, nada más que en el parecer. Si mi oído interior nace, si en la soledad se despliega, voy a captar, voy a comprender, voy a tener una experiencia de la cercanía a los misterios, a todos los misterios. Yo recibo un don: la llave de la existencia, la llave del "nuevo nacimiento", la llave del hombre nuevo con relación al "hombre viejo". Nosotros ya somos seres eternos, seres solares, seres luminosos. Es evidente que en general no vemos nada de eso, o también como lo expresa El Cantar de los Cantares, se ve a través de la celosía. La soledad, los desiertos provocan un despertar de la escucha. A través del oído interior, es "alguien" en nosotros quien encuentra a "alguien". No son solamente las palabras las que nos atacan, en una conversación banal con alguien. La profundidad brota. Hay un encuentro entre ese grano de mostaza que está en el otro, y el grano de mostaza nuestro. Se descubre que el ser es mejor de lo que él dice, el ser es mejor de lo que él hace; es "desvelado" momentáneamente. Si mi soledad me procura una escucha atenta a la belleza, efectuaré de una manera directa, inconsciente, un cambio en las palabras, una modificación de las frases. Va a haber una especie de metamorfosis.
No es la banalidad lo que retendré sino el sonido de la fuente. El hombre que vive el desierto interiorizado en la soledad, percibe el murmullo de la fuente en el otro... y se maravilla...


22 de octubre de 2017

Ahí tienes a tu madre.

Si se acaba el vino en tu vida hoy
ahí tienes a tu madre,
si solo hay tinajas pero no hay amor
ahí tienes a tu madre,
si estas buscando acercarte a Dios
ahí tienes a tu madre.


Si no sabes como hacer una oración
ahí tienes a tu madre,
si la cruz te pesa para caminar
ahí tienes a tu madre,
si no hay pentecostés en tu corazón
ahí tienes a tu madre.

Si estas padeciendo una enfermedad
ahí tienes a tu madre,
si esta pidiendo fuerte a la hora del dolor
ahí tienes a tu madre,
si te encuentras sumido en desesperación
ahí tienes a tu madre.

19 de octubre de 2017

¿CÓMO CRECER EN EL AMOR AL ROSARIO?

1. Tener el Rosario en el bolsillo
Todo católico debe tener siempre un Rosario en su bolsillo. Existe el denario con sólo diez cuentas y que puede transportarse fácilmente.
Siempre que busques un pañuelo o una llave antes de salir, recuerda también llevar el Rosario de Jesús y María.
2. Aprovechar el tiempo libre también para rezar
En la vida cotidiana siempre hay un "tiempo libre" que podremos aprovechar para rezar el Rosario: cuando esperamos la consulta médica, un bus, una llamada importante, entre otros.
Y si por alguna razón una persona no desea mostrarse en una “sala de espera” como católico practicante, también puede utilizar sus manos: tenemos diez dedos, para contar con ellos los Avemarías.
3. Rezar mientras se realizan quehaceres y deporte
Muchas actividades no requieren pensar mucho, porque las hacemos mecánicamente. Cuando se pica la cebolla, se tiende la ropa o se lava el auto también se puede rezar el Rosario. Así como cuando las personas que se aman piensan en el otro sin importar la actividad que realicen, el Rosario ayuda a permanecer en sintonía con el corazón de Jesús y María.
Esto también funciona para muchos deportes: correr, andar en bicicleta o nadar son actividades en las que se puede rezar el Rosario al ritmo de la propia respiración (ya sea de forma interna o en voz alta si estás solo en un campo abierto).
4. Las imágenes y la música también pueden ayudar
El Rosario es una oración contemplativa. Más importante que las palabras que usemos, es la predisposición de nuestro corazón para contemplar cada uno de los misterios.
Para este propósito se puede buscar en Internet 5 imágenes que nos ayuden a contemplar cada pasaje de la vida Cristo y María. Por otro lado, la música también puede ser útil si se ejecuta en un segundo plano para encontrar paz.
5. Canalizar nuestras distracciones para rezar
Es difícil una oración en la que no surjan distracciones. Una y otra vez los pensamientos vienen a nuestra mente: la lista de compras, el cumpleaños de un amigo, una enfermedad o una preocupación. Si luchamos contra ella en la oración, a menudo es peor.
Es mejor reunir estas "distracciones" y rezar un Avemaría por las personas, por los amigos y familiares, por uno mismo y los problemas. De este modo la oración se hace sincera y personal.
6. Rezar por el otro mientras nos desplazamos
En el camino al trabajo o a la escuela, ya sea en auto o en bus, en tren o caminando, es posible rezar el Rosario sin bajar la cabeza y cerrar los ojos.
Rezar mientras nos desplazamos significa dedicar los Avemarías a las personas con las que hemos establecido contacto o visto durante el día; también por las empresas e instituciones que están en mi camino.
Por ejemplo, si veo a un doctor en mi camino puedo rezar por las personas que atenderán sus enfermedades con él.
7. Orar de rodillas o peregrinando
El Rosario puede rezarse siempre y en todo lugar. A veces, cuando se reza de rodillas o se peregrina se puede llegar a sentir un "desafío físico". Sin embargo esto no se trata de “torturarse” o aguantar el mayor tiempo posible, sino de tener en cuenta que tenemos un cuerpo y alma para adorar a Dios. Por lo tanto, el rosario es también una oración de peregrinación.
8. Conectar cada misterio con una intención
No siempre se tiene que rezar el Rosario de corrido. A menudo puede ser útil conectar cada misterio con una preocupación particular: mi madre, un amigo, el Papa, los cristianos perseguidos. Cuanto más específico sea, mejor. La alabanza y dar gracias a Dios no deben tampoco estar ausentes.
9. Rezarlo en momentos de sequía espiritual
Nosotros los cristianos no somos “yoguis” que debemos cumplir con prácticas ascéticas para “vaciar” nuestra mente. Si bien nuestra relación con Dios está por encima de cualquier actividad, hay también momentos de sequía y aflicción en los que no se puede orar.
En estos momentos difíciles, tenemos que recogernos con el Rosario y simplemente recitar las oraciones. Esto no es una charla pagana, sino que aquella pequeña chispa de buena voluntad que ofrecemos a Dios, puede fomentar que el Espíritu Santo avive la llama de nuestro espíritu.
En tiempos difíciles, incluso puede ser suficiente sostener el Rosario sin pronunciar una palabra. Este estado desdichado ante Dios y su madre se convierte en una buena oración y ciertamente no permanece sin respuesta.
10. Caer dormido rezando el Rosario
El Rosario no debe estar solo es nuestro bolsillos, sino en cada mesita de noche. Cuando se intenta conciliar el sueño también se pueden rezar los Avemarías y es mejor que contar ovejas.

En ocasiones solo las personas mayores y enfermas se “aferran” al Rosario por la noche debido a las promesas de seguridad, fortaleza y consuelo. Sin embargo, también en los buenos tiempos se debe recurrir a esta oración y pedir especialmente por aquellos que sufren